jueves 5 de agosto de 2010

Summertime

De vuelta estoy, después de un tiempo de merecidas vacaciones. En este tiempo ha pasado de todo: me han ingresado en el hospital, he dejado de fumar, he vuelto a hacerlo, he salido de fiesta (demasiado, quizás), he conocido gente... Vamos, lo que es un verano en toda regla.
Antes, me quejaba porque comenzaba el verano, por tener que pasarme dos meses en casa de mis padres, por tener que coger como mínimo un autobús para ver a mis colegas, etc. Ahora me quejo de que se acaba el verano, por volver la semana que viene a Compostela para estudiar, por no volver a tener más fiestas como estas, con la gente con la que estoy.
Si, así soy yo, mi vida no tiene sentido. Me quejo por algo que sé que al final me acaba conquistando. Yo ya sabía, cuando me quejaba, que los días con la familia iban a ser insoportables. Pero también sabía que en cuanto me dejara de chorradas, me animara e intentara disfrutar del verano, no querría irme jamás.
Y es que ahora apenas tendré gente con la que ir a tomar un café a media tarde, o gente con la que emborracharme a golpe de miércoles, porque el 90% de mis amigos no están en Compostela. Ya no habrá, durante al menos un mes, café doble con leche, con crema y con hielo en la barra, o en la puerta de atrás del Babilonia. Ya no habrá fiestas en el Chaplin: los viernes no me disfrazaré de cosas absurdas para salir de fiesta, y los miércoles no me darán bebida gratis en ningún lado. Ya no habrá botellones en el colegio, ni fiestas en el Chaplin, ni volveré a tener esos finales de noche en el parque infantil.
Si, ya, lo que más me importa es la fiesta. Ver cómo gente tan distinta y de tantos lugares diferentes se junta cada noche en el mismo pueblo, sin necesidad de quedar con nadie... No sé, es algo que me apasiona.
Pero bueno, así resumiendo, es que mi verano no tiene mucho más que fiesta. Algún paseíllo en coche a algún lado, pero, claro, tomando las cañitas en cada parada, y esas cosas. ¿Naturaleza? Si, un día en el río, pero si hay drogas de por medio, tampoco es que sea muy sano... Y ni un sólo día de playa. En cuatro días me vuelvo a Compostela, y no he pisado la playa. Tampoco es que tenga ganas. Yo, mientras siga aquí, seguiré haciendo lo único que aquí se puede hacer: coger un autobús para Noia, pasar allí la tarde con los colegas, y volver a tiempo para la fiesta. Y, es que, por mucho verano que sea, este pueblo sigue causando el mismo efecto en mí que en invierno: ganas de beber, fumar, y salir.
Y es que cada vez me doy más cuenta, por muy mal que suene, y por mucho que una policía siga este blog, de que con el humo de un porro todo se ve mejor. Hasta la vida.

¡A vuestra salud!

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